¿El emprendedor nace o se hace? ¿Fue antes el huevo o la gallina? Esta es una pregunta que escuchamos con relativa frecuencia y siempre seguida de cierta polémica. Y es que, ¿cualquiera puede emprender?

Desde mi humilde punto de vista, el emprendedor nace y luego se hace.

¿Qué quiero decir con esto?

Casi a la par que inicié mi propio camino de emprendizaje comencé a acompañar a otros emprendedores en la puesta en marcha de sus negocios. Desde entonces, mi contacto con nuevos proyectos ha sido constante y, desde el inicio detecté que la persona emprendedora tiene unas aptitudes y actitudes que se detectan a la legua y que van más allá del conocimiento de una materia.

Hay muchas personas que emprenden impulsadas por una necesidad (generalmente el paro) pero la realidad es que, si no tienen ese pequeño “gen” dentro, no será un impulso suficiente para lanzarte a la piscina. Hay miles de personas en paro y no todas emprenden. Del mismo modo vemos otras personas sin esa pasión interna, personas que emprenden porque tuvieron una idea o una oportunidad y se vieron arrastradas a comenzar un proyecto. Personas brillantes en su profesión, que carecen de la capacidad emocional para liderar su proyecto y, por eso, ante la primera dificultad buscan otro camino laboral.

Evidentemente, el contexto personal, el entorno social, las ayudas gubernamentales, la educación y formación recibida… influyen en este porcentaje. EE. UU., un país donde se promueve una educación basada en la exploración y en el ensayo error desde la infancia, maneja un porcentaje claramente superior, aunque igualmente desalentador. En Estados Unidos en 10 años solo sobreviven el 27% de las empresas no franquiciadas mientras que sí lo hacen el 90% de las franquiciadas.

Asumir la incertidumbre como compañero constante de viaje, saber que tu trabajo vivirá contigo y con tu familia 24/7, aprender que por mucho que nos cueste no es posible mantener todo bajo control, la toma de decisiones y la asunción de consecuencias… emprender no solo tiene la cara bonita del horario flexible, la suerte de dedicarte a lo que deseas y la capacidad de ser quien escoge el camino que toma el proyecto a cada paso, también tiene la dura cara B.

Por eso tengo claro que emprender no conoce de edad, de género o de condición social. Es algo mucho más profundo. Son muchas las personas emprendedoras que fracasan por diversos motivos y, aun así, buscan una nueva forma de reinventarse. Su idea o su proyecto puede que no fuera el adecuado, pero siguen explorando su propia forma de ver el mundo y eso va ligado a los primeros años de nuestra infancia.

Pero, ¿qué es emprender?

Hay miles de definiciones, pero, personalmente, considero que emprender es buscar nuevas soluciones a problemas existentes. Es aportar soluciones creativas y querer mejorar nuestro entorno.

Hace unos años que sigo y apoyo la dotación de microcréditos en América Latina. Se trata de microcréditos que se conceden a mujeres que tienen una idea para mejorar su comunidad y, desde mi punto de vista, impulsar los microcréditos es un modo de promover el empoderamiento económico de estas mujeres tanto en el medio rural como en el urbano. Estamos hablando de una mujer peruana, con hijos, que decide arriesgarse y montar una tienda de ultramarinos en su aldea o montar una red de distribución para vender artesanías de su comunidad.

Curiosamente, aunque apenas existe morosidad entre ellas, les resulta mucho más complicado que a los hombres lograr un crédito.

Desde que sigo sus historias, los proyectos se multiplican y, detrás de todas ellas hay una realidad común: una idea, una pasión, una intuición de negocio… una motivación innata y una necesidad de crédito que los canales tradicionales no siempre pueden resolver.

Como veis, para emprender no es necesario dar con una idea innovadora y nunca vista, ni que esté vinculada con la tecnología, para emprender se necesita constancia, ilusión, mucha entereza personal y, sobre todo, compromiso.